Varios siglos de correo y uno de filatelia (parte 4/5)

Los sellos que han hecho reconocer a millares de personas que el filatélico no es un hombre o una mujer que pega sellos en un libro para entretenerse, sino que posee arte, técnica, estudio, erudición y sentido de lo estético. Y de todo este conjunto del saber es de donde extrae el deleite que le proporcionan los sellos. Los que no son amantes coleccionistas, incurren en catastróficas vaguedades. En noviembre de 1936 el periódico francés “Le Journal” explicaba en sus columnas que en una subasta de sellos, celebrada en Londres, se había vendido en 80 libras un pedazo del de 80 ctmos. de Francia (1871), que había servido por un franqueo de 20 ctmos. El autor del comentario hacía un llamamiento a todos los filatélicos para que no tiraran los trocitos de los sellos, y les decía que si el sello hubiera sido entero su precio costaría una fortuna. Aquel sello, entero, vale hoy la importantísima cantidad de 3 pesetas. Dicho comentarista ignoraba que lo que valía era el trocito de sello que estaba pegado encima del sobre, y que había servido, incidentalmente, por un sello de 20 céntimos.Paralelamente al ascendente timbrológico se ha creado una literatura filatélica; uno de los más cultos amigos de los sellos fue M. Bellamy. Su biblioteca alcanzó la cifra de 200.000 obras filatélicas, con un peso de 10 toneladas, relativas a todos los estudios publicados sobre sellos mundiales. A esta biblioteca únicamente la superaba la colección Crawford, existente en el Museo Británico.

No tiene punto de comparación el modo cómo se conceptuaban, 25 años atrás, las personas que coleccionaban sellos, con la naturalidad con que hoy se dice que se es coleccionista de sellos; ha penetrado en la mente de las gentes que la colección no es cosa de niños, de personas sin ocupación o maniáticas, sino que toma carta de naturaleza en todos los hogares, y las naciones más adelantadas saben perfectamente que cuanto mayor es el número de coleccionistas en el país, más elevado es el nivel cultural del Estado. Los países más cultos van a la cabeza de la filatelia, a la que otorgan trato deferente. No hace muchos años apareció en la Guía Postal del correo americano un aviso recomendando a todos los funcionarios de Correos que obliteraran con sumo cuidado los sellos, pues aquellos signos de franqueo servían después para las colecciones, y que como personas cultas y pulcras debían demostrar que ponían toda la atención en el cometido de su labor en matasellar las cartas. Hacíase otra recomendación: si entre la correspondencia a timbrar veían algún sobre que pudiera ser de un filatélico con sellos no corrientes, de poco uso postal, o de emisiones conmemorativas que estuvieran agotadas, tenían que poner toda su iniciativa y esmero para demostrar y tener en honor que su trabajo era cuidadosamente realizado.

El mundo vuela, decimos; pero a veces corre con gran lentitud. Cuando circularon por primera vez los sellos, ya poseían casi todo lo que tienen hoy: hermosura y belleza; únicamente les faltaba un detalle, que les llegó pronto, y después de esta anexión ningún invento les ha modificado. La concepción del sello fue tan perfecta que no ha admitido modificaciones. Únicamente la adaptación del dentado ha sido el complemento de aquella magna obra.

Y el gran invento que ya ha cruzado un siglo glorioso y únicamente con esta modificación, ¿puede decirse que nació deficiente? ¡No! Todos, absolutamente todos, los inventos al cabo de 100 años están tan transformados que ni su propio autor los conocería. La aviación, la radio, la navegación submarina, la electricidad, conservan sólo el espíritu de lo que eran al descubrirse, pero los sellos están tal como se inventaron.

Artículo extraído del libro “Por el mundo de los sellos” de Josep Majó Tocabens.

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